SOLIDARIDAD
La Libertad Interrumpida: El Calvario de Pablo Efraín Maurera
No hace falta
ser un "preso político" para que el peso de la injusticia aplaste el
alma. Existe otra categoría de olvido: la del ciudadano común atrapado en los
engranajes de una burocracia sorda. Es la historia de Pablo Efraín Maurera,
cuya vida se ha convertido en una cuenta regresiva que siempre vuelve a cero
bajo el expediente NP01-P-2022-005639.
Detenido en mayo
de 2022 bajo una simulación de hechos, Pablo conoció el infierno antes que la
justicia. Sus primeros meses transcurrieron en el CICPC del Estado Monagas,
confinado en un espacio de 3x6 metros junto a 42 hombres. Allí, donde el aire
falta y la dignidad se negocia en bolsas plásticas para las necesidades más
básicas, Pablo comenzó a escribir. Sus cartas a su madre eran el único puente
hacia un mundo que parecía haberlo borrado.
UN LABERINTO DE
JUECES Y OLVIDOS.
Hoy, a las
puertas de cumplir cuatro años de encierro, el expediente de Pablo es el
retrato del vacío procesal en Venezuela. Su primer juicio duró un año y medio;
más de 40 audiencias donde el tiempo se diluía entre ausencias de testigos y
funcionarios que jamás llegaron. Cuando la verdad parecía asomarse, la justicia
dio un portazo: el juez fue jubilado y el juicio, simplemente, se borró.
En 2025, la
esperanza se renovó con un nuevo juez y un proceso que alcanzó el 80% de las
pruebas. Pero la historia, con una crueldad circular, se repitió: en enero de
2026, el juez fue destituido. Por segunda vez, el juicio de Pablo ha sido
interrumpido. Cuatro años de vida convertidos en papel mojado.
LA PLUMA COMO
ÚLTIMO REFUGIO
En el Internado
Judicial de Monagas, Pablo lucha por preservar su mente frente al deterioro del
encierro. Mientras compañeros como Richard Dubar —quien suma ocho años y cuatro
juicios interrumpidos— ven sus recursos legales naufragar en el vacío, Pablo se
aferra al papel.
Se ha refugiado
en los libros con una disciplina superior a la de sus años universitarios,
demostrando que el intelecto es el único espacio que los barrotes no logran
quebrar. Redacta su autobiografía y cartas que han conmovido incluso a sus
propios custodios. Sus letras son el testimonio de un hombre formado: un
ciudadano que no suplica clemencia, sino que exige el derecho sagrado de
demostrar su inocencia.
De continuar
así, el sistema podría arrebatarle seis años de vida antes de dictar una
sentencia. Por ello, la urgencia ya no es solo legal; es una cuestión de
supervivencia humana.
En este rincón
del mundo donde el tiempo no corre sino que tropieza, Pablo Efraín Maurera ha
aprendido que la justicia tiene el paso lento de las tortugas y el corazón de
piedra. Sus cartas, escritas con la tinta de la nostalgia, son barquitos de
papel lanzados a un mar de expedientes mudos.
.jpg)
No hay comentarios:
Publicar un comentario